El Mirador de Guápulo o cómo Quito pasa de azul a dorado

A pocas semanas de dejar Quito intento refrescar mis recuerdos visitando los lugares que han dejado en mí las más trascendentes experiencias, que van desde el sabor de un buen café en el Centro Histórico hasta la impactante sensación del viento frío en el rostro, camino a la cumbre del Rucu Pichincha.

Me preocupa pensar que dejaré la ciudad sin haberla conocido por completo, así que con esa idea en mente y gracias a un viejo amigo, decido visitar un nuevo lugar, uno que hasta ahora no había representado nada más que parte del paisaje urbano en varios de mis trayectos.

Con un café en la mano crucé un pequeño puente que me llevó al cerco de madera que divide a Quito en cielo y tierra, lejano y cercano, visible y difuminado, palpable e inmaterial, cemento y naturaleza.

En la ciudad existen infinidad de miradores y a pesar de que las puestas de sol se acostumbran mirar hacia el occidente, en el Mirador de Guápulo se puede observar el fenómeno opuesto en la antípoda del ocaso.

Cielo desde Guápulo

 

Lo ideal es llegar a este lugar, ubicado en la calle Rafael León Larrea, antes de las 18h00, con la predisposición de encontrar un punto fijo en el horizonte para la próxima hora de observación. Es momento de deshacerse de las distracciones y mirar al frente, para admirar el espectáculo del cielo, a través de una ventana natural formada por dos colinas.

El azul cubre el cielo en su totalidad, jugando con la intensidad y el blanco de las nubes. Más tarde, un ligero destello rojizo comienza a dispersarse lentamente desde el centro, dando la ilusión de nubosidades naranja a lo largo del atardecer quiteño. El azul ha quedado relegado y la tonalidad roja se adueña del horizonte, pero solo por unos cuantos segundos.

La cámara de fotos debe prepararse con anticipación, pues si el fenómeno nos sorprende y decidimos capturarlo en ese momento sin tenerla preparada, el cielo de Quito nos engañará. Si se aleja la vista de él por un par de segundos, el color habrá desaparecido, y la noche empezará su proceso, haciéndonos creer que jamás sucedió.

Lo que ocurre durante ese pequeñísimo lapso es único. El intenso arrebol habrá llegado a su máxima extensión, y del mismo modo que apareció, comenzará a contraerse. Mientras más pequeño se vuelve, más intenso es el color. Al final, en un punto de fuga, la última nube naranja cruza el cielo. El azul vuelve a extenderse por completo y empieza a oscurecerse, dando paso a la caravana de luces doradas; unas recorren calles, avenidas y autopistas, otras titilan, llenando de luz las montañas y valles de Quito.

Guápulo

 

Escrito por: Nathalie Mena  / Fotos: Ramiro Garrido - Quito Turismo

Para Mirar
Las tonalidades de las nubes, el cielo, la loma de Monjas y del Parque Metropolitano. Tonalidades que apagan a luz del día y encienden la noche

Para escuchar
Inicia la noche y los ritmos de los bares de Guápulo la encienden.Baja por la escalinata y descúbrelos

Para saborear
Un bocadillo o una picada, acompañados de un vino hervido o un canelazo en alguno de los establecimientos de Guápulo, calientan el ambiente a los que esperan que caiga la tarde en este lugar.


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