El Tren que juega en los Volcanes

Llegar a la Estación del Ferrocarril en Chimbacalle en el Centro de Quito significa visitar un lugar histórico, pero sobre todo simboliza iniciar una gran aventura. De entrada, placas conmemorativas alusivas al ex presidente Eloy Alfaro recuerdan cómo el ferrocarril se convirtió en una de las obras más destacadas del siglo XX; en un país que necesitaba medios de transporte que conectaran la costa con la sierra, y el tren logró ese objetivo, pero además, cambió para siempre la vida de la gente.

Actualmente, el ferrocarril es un medio turístico en el Ecuador; esta ocasión viajaré con varios extranjeros de EEUU y Canadá. Cuando llego saludamos entre todos y pasamos al sitio de embarque, lugar en el que se exhiben varias locomotoras antiguas y es evidente un detalle: en medio de las diferencias culturales todos sacan sus cámaras y con esmero buscan la foto perfecta junto a los trenes, nadie es apático al momento de fotografiarse por lo que durante varios minutos la estación está atestada de gente buscando el mejor ángulo y su mejor recuerdo.

Aunque el sol coquetea un poco entre las nubes, hace frío. De acuerdo al itinerario, el viaje de ida será en bus y el regreso en tren; de a poco nos alejamos de la ciudad para ir al campo. Para todos los viajeros es hermoso mirar el cielo despejarse y abrir paso al sol entre la geografía de montes y valles, pero sobre todo deslumbra a los extranjeros por no estar habituados a este pintoresco escenario.

Antes de llegar a la Reserva El Boliche, destino de nuestro viaje, hacemos una parada por la reserva apiturística “Bee Farm”, lugar que promueve el cultivo orgánico que facilita a los insectos como las abejas su conservación y prolongación de un medio ambiente sano. Como turista, la idea de recibir picaduras de abeja genera desconfianza de estar en el lugar, pero de acuerdo a los guías, las abejas sienten que la presencia humana es inofensiva y no generará ataques o posibles picaduras; la hipótesis es probada al estar cerca del panal.

Seguimos el viaje por las montañas de la sierra, se siente claramente el suelo, el aire, y la vegetación cobijada por los volcanes. Finalmente, llegamos a la Reserva El Boliche situada a aproximadamente 3500 msnm. El bosque es exuberante; está cubierto en un 40% por pino, especie de flora no nativa que produce cambios en el ecosistema. Sin necesidad de conocer ecología o ciencias afines, se percibe fácilmente como un templo natural sagrado. Vamos por senderos en una caminata de aproximadamente 30 minutos en la que antes de conocer las especies de flora y fauna que existen, se siente la magnificencia de la naturaleza. Los extranjeros miran con asombro y algunos prefieren detenerse por la altura y de paso contemplan la naturaleza.

Mientras admiramos el paisaje tomamos un descanso para almorzar, de pronto los inseguros rayos de sol de la mañana desaparecen para dar lugar a una granizada. Todo esto ocurre en cuestión de minutos. Extranjeros y locales aprovechan de nuevo para tomarse las fotos mientras miran el suceso con sorpresa. Quito y sus alrededores tienen climas impredecibles que resultan atractivos. El paisaje se torna blanco, como si de un suave otoño hubiéramos pasado al invierno montañoso.

Estamos cerca de volver, el tren nos espera; se abre paso entre la vegetación y los montes. De vuelta, el guía nos explica detalles de la construcción de este medio de transporte mientras admiramos el paisaje, que ahora está más cercano e imponente cuando por estrechos caminos pasa el ferrocarril. Al atravesar los poblados, se evidencia que hay costumbres que no pasan en el tiempo, una de éstas es el saludo de la gente cuando mira pasar el tren. Con calidez, entre extraños del mismo país y extranjeros de lugares ignotos todos dicen hola y mueven los brazos. Seguimos el paisaje que se aleja y llegamos casi al sur de Quito; a lo lejos la virgen del Panecillo nos recibe hasta volver de nuevo a Chimbacalle.

Escrito por: Gabriela Aguirre  / Fotos: Gabriela Aguirre - Quito Turismo

Para Mirar
las tonalidades de los bosques que contrastan con el azul del cielo.

Para escuchar
El sonido de las aves y el viento en el Boliche. El sonido del tren que se abre paso en medio del silencio de la montaña.

Para saborear
En la ruta se pueden probar deliciosos bocadillos: empanadas de viento, pristiños, café y más


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