Los Pichinchas, de atrás hacia adelante

Esta gran explanada que sostiene la ciudad, levantada sobre estribaciones y quebradas rellenas, es parte de un gran macizo que con hospitalidad ha recibido a quiteños y foráneos desde siempre. Sobre las faldas del gran Pichincha se desbordaron los primeros los límites capitalinos hacia los cuatro puntos cardinales, que seguramente hacia los años 50, cuando vivían apenas 200.000 personas en la “Carita de Dios”, estaban conformados por el empinado barrio de San Juan, al norte, la quebrada de Jerusalén (actual viaducto y bulevar 24 de Mayo), al sur, El Dorado y La Tola, hacia el este, y San Diego, San Roque y El Tejar, al oeste.

Las primeras excursiones se realizaban a lugares cercanos que no implicaban mayor desplazamiento. Destinos como la loma de Puengasí, El Panecillo y las riberas del Río Machángara estaban más a la mano. Hacia el otro lado, más lejos, se podía bajar a Guápulo, atravesar los potreros de Iñaquito  y llegar hasta Cotocollao. Otros, más atrevidos, buscarían la bondad de La Chorrera, arriba de Toctiuco y la altura y el frío de los páramos en Cruzloma, al pie del Rucu Pichincha para pasar una noche helada.

Adentrarse en lo profundo de los páramos, desde siempre, fue una actividad para pocos: chagras a caballo, jornaleros de haciendas, cazadores o locos andinistas han merodeado las alturas circundantes a Quito. Y es que la fascinación por desfilar entre peñascos y quebradas del gran Pichincha es una manía por el grandioso paisaje  que ofrece.

Hace 20 años recorrer el Pichincha por completo era muy distinto que ahora; el recorrido iba de este a oeste y comenzaba al pie de la Av. Occidental, pasaba por Cruzloma y hacía la primera pausa en la “Cueva de Whymper”, al inicio de la roca en el Rucu, voz quichua que significa viejo.

Al día siguiente se coronaba la montaña por la ruta normal: el eterno arenal en el que al dar cuatro pasos se retrocedían tres. Luego de varias horas de descender hacia el oeste y atravesar las estribaciones del Padre Encantado (pico que se ubica en medio del camino), se alcanzaba el refugio de la entonces Defensa Civil, para pasar otra noche helada. Y en el tercer día se llegaba al filo sulfuroso de la cumbre del Guagua y joven volcán Pichincha. De regreso por el albergue de montaña se bajaba hasta la parroquia rural de Lloa para, con algo de suerte, encontrar un samaritano que llevara a los aventureros polvorientos y exhaustos hacia el sur de Quito, y encontrar la vía a sus domicilios.

Los tiempos cambian y en la actualidad las distancias y los esfuerzos se reducen. En una época de teleférico, downhill, Ironman y triatlón, la montaña es la misma y las precauciones son lo más importante a tener en cuenta en el momento de lanzarse por una aventura como esta.

Una de las mejores opciones para hacer el mismo recorrido es comenzar desde atrás, en un itinerario que va de 8 a 10 horas comenzando del lado de Lloa, es decir de oeste a este, para finalizar con un mimo a las rodillas bajando a la ciudad en una cabina suspendida en el aire, con la mejor vista de la Quito.

La ruta comienza en el refugio del Guagua, desciende al collado que une este volcán activo con el Padre Encantado y empata a la base oeste del Rucu, esta es quizá la parte más complicada: el ascenso hasta la ventana que abre paso a un mirador espectacular: la meseta del Quito moderno, del norte, los valles y las montañas circundantes.

Desde allí en día despejado, la vista panorámica estremece a cualquiera y deja ver de norte a sur los volcanes: Casitahua, Pululahua, Cotacachi, Mojanda, Imbabura, Cayambe, Cerro Puntas, Ilaló, Antisana, Antisanilla, Sincholagua, Cotopaxi, Pasochoa, Rumiñahui, Ilinizas, Corazón y el Atacazo, vecino más cercano. En solo minutos se puede dejar perplejos a todos los caminantes y reconocer los edificios de la ciudad, sus parques, el nuevo aeropuerto, los valles y los lugares que cada uno lleva como referente. La última hora de caminata es hacia la estación superior del teleférico.

Para realizar esta aventura es necesario llevar una mochila ligera, agua, un par de bastones para trekking, calzado y vestimenta adecuada para el sol, frío y viento. Y por supuesto, tener la compañía de un guía que conozca muy bien el camino y los alrededores (www.aseguim.org).

En Lloa se pueden hacer varias paradas “técnicas” para abastecerse, al inicio de la jornada si la dirección a seguir es Guagua-Rucu-teleférico, o para recuperar fuerzas con la gastronomía local: caldo de gallina, choclos con queso, habas y fritada, en pleno parque central de Lloa.

En la actualidad es sencillo llegar o regresar de Lloa, hay frecuencias diarias de transporte público entre la parroquia y el desvío al Cinto en la Mena, en el sur de Quito. El camino es asfaltado hasta allí y para subir hacia el refugio es necesario ir en un vehículo todo terreno.

La chuquiragua es la flor de los Andes ecuatorianos, crece como un arbusto grande que puede alcanzar entre 2,5 y 3 metros de altura. Uno de los sitios donde más se la encuentra es en el páramo del Guagua Pichincha.

La actividad volcánica del Guagua es perceptible en el filo del cráter. El fuerte olor del azufre no es la mejor recompensa al llegar a ese punto, aunque es la prueba de la proeza. Hasta 1999 hubo aguas termales en el cráter, luego de la erupción entre ese año y el 2000, desaparecieron.

Escrito por: Ramiro Garrido  / Fotos: Romel Sandoval, Carolina Sánchez Guerra - Quito Turismo

Para Mirar
La chuquiragua es la flor de los Andes ecuatorianos crece en el páramo del Guagua Pichincha

Para percibir
El fuerte olor del azufre en la cima volcánica

Para saborear
Choclos con queso, habas, caldo de gallina y fritada. Comida típica en Lloa

Para palpar
Ceniza volcánica que se descascara en las rocas del Guagua Pichincha


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